*-Gora

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LA CIUDAD (por Máximo L. Dárdano)



Aún era un luchador,
pero estaba muy cansado.
Por la sobrada violencia
se había desilusionado!

Lo de los dos emisarios,
que salvó de aquella turba,
lo dejó tan consternado
que hasta hoy día se perturba!

Si lograban darles caza,
lapidarlos sería un juego.
Nadie más les dio cobijo,
no bailaban con el fuego!

Para ellos era un festín
reventarlos a pedradas.
Mientras más se retorcían,
mucho más lo disfrutaban!

Siempre después de violarlos
con todo lo que cruzara.
Creían que lo merecían,
sin que nadie los juzgara!

Hasta su puerta vinieron,
sin límites que acataran.
- “Entrega a los invertidos”
a los gritos insultaban!

Los muy brutos no entendían
por qué él lo veía tan feo.
Decían que así estaba escrito:
torturar a esos efebos!

Hasta el Verbo les servía,
a los dueños del cinismo.
Como si existiera Dios
capaz de tamaño salvajismo!

“Ya no quedan hombres justos
en la perdida ciudad”
le había dicho a su tío
la voz en la oscuridad!

Evaluando lo vivido
quién se atrevería a dudar?.
A causa de ser tan cierto
se tenía que mudar!

Si de rabia hasta a sus hijas
habían querido estuprar.
No podía perder más tiempo:
aquel sitio iba a explotar!

Yéndose con rumbo incierto,
un estruendo oyó sonar.
Cuando quiso darse cuenta
su esposa estaba hecha sal!

Mientras la ciudad se hundiera
no debía ni girar.
Se ve que con tantos nervios 
ella no pudo aguantar!

Perdió todo lo construido,
tendría que recomenzar.
El dolor aquel sufrido
nada lo podría curar!

De lo que diría la historia
no quería ni pensar.
La otra cara de Sodoma 
él no sabría olvidar!

UNA GOTA (por Máximo L. Dárdano)



No se lo merecía.

Fuera quien fuera, no se lo merecía.

Suficiente con lo que habían hecho con los otros, que seguramente tampoco se lo merecían.

En un campo de batalla era otra cosa. 

Hombres fuertes contra iguales.

Eso hacían verdaderos centuriones, como él mismo solía hacerlo, mientras pudo supo hacerlo.

Ahora estaba casi ciego.

Aquellas sí que eran peleas.

Pero así... así nada más que cobardía!

Fue por eso que intervino.

Los ojos le fallaban, el brazo le temblaba, pero él igual no dudaba.

Habían quebrado a esos ladrones, para apresurarles la muerte, pero al de esta cruz no lo quebrarían!

Y se la hundió en el costado. 

Ya estaba muerto, tal como presentía.

Sin embargo aún no estaba seco.

Qué era aquello, aquello que fluía a borbotones del medio de la herida?

Sangre? Agua? Qué era en realidad?

Quizás ni interesaba, porque fue sólo una gota.

Fue sólo esa gota.. una gota carmesí que lo tocó.

Una gota lo cambió. Para siempre lo cambió!

Sí, la tierra había temblado, la gente había corrido, él su lanza había perdido..

Pero lo importante era que veía. Ahora veía!

Y veía como nunca, como nunca antes había visto.

*---Gora

*----Gora